sábado, 18 de agosto de 2012



(imagen tomada de cafeconduende.blogspot.com)


Pasaban miles de personas, pero le aseguro que me vio solo a mí. Me miró no precisamente con inquietud, sino más bien con dolor. Y me impresionó, más que por su belleza, por la soledad infinita que había en sus ojos y que yo no había visto jamás. Obedeciendo aquella señal amarilla, también yo torcí a la bocacalle y seguí sus pasos. Íbamos por la triste calleja tortuosa, mudos los dos, por una acera yo y ella por la otra (...)Yo sufría porque me pareció que tenía que hablarle, pero temía no ser capaz de articular palabra, que ella se fuera y no la volviera a ver nunca más. Y ya ve usted: ella habló primero:
- ¿Le gustan mis flores?
Recuerdo perfectamente cómo sonó su voz, bastante grave, cortada, y aunque sea una tontería, me pareció que el eco resonó en la calleja y se fue a reflejar en la sucia pared amarilla. Crucé la calle y rápidamente, me acerqué a ella y contesté:
- No.
Me miró sorprendida y comprendí de pronto, inesperadamente, ¡que toda la vida había amado a aquella mujer!

De El maestro y Margarita, de Mijail Bulgakov

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